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EL OJO DE LA PIEDRA. Desde mi cueva (Otros)
Domingo, 04/11/2007
¿Halloween? No, gracias.

Algunos han celebrado hace días eso que llaman Halloween. Y digo algunos porque a otros nos ha tocado jorobarnos con la fiestecita. Para empezar, tal celebración no tiene tradición alguna en España. Es un invento de los americanos que quizá obedezca a tradiciones -nunca tan antiguas como las nuestras- que solo ellos entienden y que yo respeto escrupulosamente.

Pero no es eso lo que más me preocupa de tal festejo. Lo peor es que con ese pegote postizo que muchos se tragan como si nada, cunde el gamberreo en las calles. Toda la puñetera tarde y buena parte de la noche del 31 de octubre tocando la puerta esas pandillas de niños -y menos niños- pidiendo no sé qué. Si no les abres o no les das nada, los angelitos toman nota y regresan más tarde para estrellar unos cuantos huevos en la fachada o ventanas de tu casa.

Cualquiera les coge. Porque -esa es otra- si pillas a alguno en plena faena, puede ser aún peor: A la cárcel por romperle la cabeza a un monigote de doce años. Más vale no pensarlo.

Y resulta que, una vez más, el pobre ciudadano que solo quiere estar tranquilo en casa sin molestar ni ser molestado, se encuentra con que no lo dejan trabajar de tanto timbrazo y descubre, horas más tarde, la fachada y ventanas de su casa hechas una porquería. Claro, luego hay que romperse la espalda para limpiar todo eso, gracias a los hijos de su madre.

¿A quién recurrir? Al maestro armero, como siempre. Insisto en que estas situaciones son las que no perdono a ningún gobierno. Esta absoluta impunidad en que vivimos, la ausencia total de autoridad, de castigo para quien comete un delito, de protección al ciudadano pacífico son defectos que, para mí, impiden que esto que vivimos pueda llamarse democracia.

Hace tiempo vi la fachada de una casa donde el pobre propietario, quizá tan harto e indeciso como un servidor, había colocado una pancarta enorme con el siguiente tenor:

"Mientras los americanos no celebren el Bando de la Huerta, en esta casa no se celebra Halloween."

Temo, sin embargo, que de poco sirviera tal iniciativa al honrado ciudadano que trataba así de defender su vivienda de los ataques de esos gamberros, en muchos casos auspiciados por sus propios padres (¿De dónde, si no, sacan el dinero para los disfraces que llevan?)

Más vale que eduquemos a nuestros hijos en el respeto y no en la desvergüenza y el gamberrismo. Que ya somos mayorcitos, ¿o no?

 

 
Escrito por Anacoreta a las 21:25 pm Hacer comentario (0)

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Jueves, 06/09/2007
El muro dormido

Pocas veces esparce su aliento el céfiro en la zona, pero en el día a que me refiero acaso exhaló más de la cuenta. ffice:office" />>>

La añosa pared, que en tiempos fue firme, blanca de cal mediterránea donde un sol vanidoso gusta reflejarse, de hombre y medio de alta y del grosor con que antes se hacían las cosas, gritaba sin ser oída que estaba cansada. Antes que pared, llamaríalo yo muro, pues hechuras de muro tenía. Decían que, mucho tiempo atrás, había albergado y protegido en su seno a centenares de reses bravas, cuyos embates —a veces furiosos o desesperados, de puro encierro— jamás hicieron tambalear su bien nacida firmeza. Aventuran algunos que de manos árabes fue trazado y elevado, piedra a piedra, en lento y sudoroso parto de muchos hombres oscuros de piel pero claros y limpios de corazón.

>>

Por eso, cuando, exánime, se hundió con estrépito aberrante e hizo brincar de sus catres los cansados cuerpos que, no lejos, dormitaban en plácida siesta, costó harto esfuerzo creerlo a quienes contemplaron su ruina respirando aún polvoriento aire de desastre. >>

Se vino abajo; el muro en que generaciones de hombres y mujeres habíanse apoyado en busca del reparador reposo o de sombra bienhechora o de charla al abrigo de indiscretas miradas, cayó sobre sí mismo, tragándose la historia que, trazada a punta de piedra, había permanecido escrita en él desde nadie sabía ya cuándo. Nombres, a veces pareados y encerrados en un torpe corazón que atravesaba una torcida saeta; fechas, solo significativas para quien las escribiera y que habían sobrevivido a su autor; refranes; pensamientos, profundos unos, necios otros, ilegibles en su mayoría, porque el paso del tiempo también borra las verdades que fueron. Muchos libros repletos de retazos de vidas hubiéranse llenado con todo el texto que, al parecer, toda la humanidad había dejado escrito sobre aquel muro portentoso. >>

Dijeron que fue el viento; dijeron que fue el calor; dijeron que los años... Pero todo se vino abajo, y quedó perdido en el pasado, en el olvido, en la nada.>>

De paso, y en su caída, llevose el muro por delante la vida de un pobre vagabundo que se había cobijado a su sombra, huérfano de hogar y familia, y golpeado hasta por un bastión que no se había estremecido en siglos, sino para matarlo a él.>>

Pero eso, ¿a quién le importó?>>

 
Escrito por Anacoreta a las 14:11 pm Ver/Hacer comentario (2)

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Jueves, 28/06/2007
Ahora o nunca.

Tal como reza un titular del diario La Verdad de hoy, despachos y pasillos echan humo. Así es. Puedo ver ese humo desde aquí.

Si echan humo, por algo será. Está claro que los empleados públicos (antes llamados funcionarios) son quienes más y mejores muestras tienen del quehacer de los políticos: trabajan con ellos y para ellos, mueven sus papeles, comprueban sus resultados y asisten a sus éxitos y fracasos. Por eso, los empleados públicos echan humo ahora, porque saben que, en estos días, está en juego nada menos que el futuro de toda una región, porque sienten que en las manos del Presidente está la forma en que las Consejerías van a trabajar en los próximos tiempos, porque son plenamente conscientes de que ahora nos la jugamos.

Es el momento, Sr. Valcárcel, de librar a los murcianos de una vez por todas de la corrupción. Pudo hacerlo antes; años ha tenido. Pero vuelve a disfrutar ahora de una ocasión histórica (otra más) que los demasiado generosos murcianos le vuelven a brindar. Usted mejor que nadie sabe qué despachos directivos tiene que limpiar y desinfectar. Hágalo. Por Murcia, por la honradez, por la decencia de la administración pública, por justicia, por vergüenza, porque ya está bien.

 

 
Escrito por Anacoreta a las 13:15 pm Ver/Hacer comentario (1)

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Miércoles, 03/01/2007
Felicidades, señor Rajoy

Eso: felicidades. Y no por la Navidad, sino porque finalmente ya tiene lo que quería. De nuevo, todos a temblar, los escoltas a trabajar a destajo y los informativos que, con frecuencia, se verán salpicados de sangre de inocentes.

Y mientras, los de la AVT (Asociación de Víctimas del Terrorismo), pidiendo la dimisión del presidente, cosa que no hicieron cuando al señorito Aznar la misma ETA le rompió también la tregua "por el morro".

Se apunta Vd. un tanto electoral, señor Rajoy. Un tanto que nos sale muy caro a todos. También a Vd.

 
Escrito por Anacoreta a las 14:34 pm Ver/Hacer comentario (3)

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Miércoles, 29/11/2006
La insignificancia de lo eterno

Tengo prisa, como cada día, pero he de detenerme ante el semáforo cuya luz roja parece empeñada en salirme a saludar cada mañana a la misma hora. Es uno de esos armatostes que parecen no cambiar nunca del rojo al verde, en los que, cuando por fin vuelve a aparecer la esperada luz que franquea el paso, te da la impresión de que llevas la mitad de tu vida esperándola. Inquieto, doy un vistazo al reloj, aumentando con ello mi impaciencia. Mientras llega el ansiado momento de proseguir la marcha, miro distraído hacia el borde de la carretera, más allá del arcén. Hay un huerto de naranjos, cuyas ramas doblan en esta época por el peso injusto de sus frutos maduros a punto de ser recogidos. Al pie del primero de los árboles, un pedrusco reseco, de color ocre claro, atrae mi atención. El naranjo que lo cobija, explosión de vida rebosante, y el propio pedrusco inmóvil, del tamaño aproximado de un balón de fútbol, se me antojan seres de mundos distintos que el azar ha unido en un palmo de tierra común. Sin embargo, dudo por un instante de que esa piedra esté tan muerta como parece. Su aparente inercia no es más que su forma de vida. Ese pedrusco ha visto pasar, desde que gigantescos cataclismos lo formaron hace millones de años, la historia del mundo, o al menos la parte de la historia que se desarrolló ante él, en ese paraje donde el caos cósmico quiso abandonarlo a su suerte. Tiene, incluso, su propia personalidad, su característica única e inconfundible, pues no hay en todo el universo un pedrusco exactamente igual a él. No se cansen de buscarlo; no existe. En eso al menos, no es muy diferente de nosotros.

Y desde su privilegiado observatorio de ese gran suceso que es la creación, mi amigo, el pedrusco ha presenciado la formación de otros congéneres, que corrieron incierta suerte, según los casos. Algunos acabaron reducidos a polvo, otros fraccionados en pedruscos más pequeños, que cobraban vida propia a partir de ese momento, como los hijos que dejan atrás el  hogar paterno para cometer sus propios y necesarios errores. Otros fueron trasladados a ignotos lugares, y nunca más volvió a saber de ellos. Luego pudo asistir a la aparición de los primeros y extraños seres que parecían superiores, pues podían moverse, y no se veían obligados a permanecer por tiempo indefinido allí donde el capricho de la madre tierra los había hecho nacer. Su nula percepción del paso del tiempo, le permitió también observar un día con curiosidad a los primeros seres que, irguiéndose sobre sus patas traseras, pusieron coto y dominio a todo cuanto su vista alcanzaba, y causaron grandes convulsiones en la comarca. Casi estuvieron a punto de arrastrarle lejos de allí cuando alguno de ellos, manejando una infernal máquina apestosa, trazó la carretera que tiene por vecina.

Generaciones de esos seres móviles y engreídos —los últimos en llegar, pero que parecen creerse dueños de todo— han desfilado ante la mirada inadvertida del pedrusco. Hoy me toca a mí. Sé que me está observando, igual que yo a él. Puedo adivinar que me desprecia, pues sabe que mi paso por este lugar es efímero, como lo es mi paso por el mundo material, y no ignora que, cuando yo no sea más que polvo, él continuará ahí mismo, donde sigue estando desde siempre. Soy para él apenas un suspiro en la eternidad, el ojo de una aguja en el espacio infinito.

 

 

Hoy yo no puedo dejar de pensar en cómo los hombres menospreciamos más las cosas cuanto más intemporales nos parecen. Cada día somos miles los conductores que nos detenemos en este mismo lugar en que yo ahora me encuentro, preocupados por llegar tarde, por los problemas del estómago, por la indisciplina de nuestro hijo pequeño, o por la baja cifra de ventas que la empresa no hace más que reprocharnos, y nadie repara en ese pedrusco que encierra en sí toda la historia del cosmos, toda la verdad de nuestro origen y nuestro futuro, todo lo que nosotros, tan avanzados y tecnológicamente perfectos, no seremos jamás. Por eso le menospreciamos, porque nos resulta infinito e inabarcable, incomprensible e inverosímil.

Sólo alcanzamos a entender a ese estúpido semáforo, que, transcurrida una eternidad, finalmente nos muestra la luz verde y nos deja proseguir a toda prisa el rutinario camino hacia el trabajo. Pero hoy, gracias a ese odioso artefacto de colores, por un instante yo he podido mirar al universo infinito, porque he visto a mi amigo, el pedrusco. Él es casi tan infinito como el alma; siempre estuvo ahí, pero nadie lo ve.

 

 
Escrito por Anacoreta a las 14:33 pm Hacer comentario (0)

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 EL OJO DE LA PIEDRA (Otros)
 
LUN MAR MIE JUE VIE SAB DOM
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